Semidesnudos los monos continuaban danzando sobre el techo rojizo del enorme palacio. Lucían faldas anchas y cortas y dos de ellos hacían girar en sus cuellos collares de cuentas multicolores. En la plaza, un niño se había escapado de la mano de su abuelo para recoger una hoja dorada que le esperaba sobre el césped. Se agachó, tomó el vegetal con sus frágiles dedos y al levantar la mirada el impacto de la escena le hizo estrujar el indefenso objeto. El ruido, al parecer, detuvo la música simiesca. Todos, los cinco monos, se paralizaron y en un solo movimineto, desaparecieron sobre las singulares curvas del techo del palacio.
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